por el proceso de maduración. Las aceitunas tienen un color morado oscuro y algos olivos tienen fruto negro. Recorriendo el huerto y mirando tantas aceitunas cada vez más maduras casi me desespera. ¿Voy a ser capaz de sacar todas a tiempo? Las muy maduras no sirven mucho para guardar pero sí para hacer aceite. Pero me doy cuenta que tengo mucho en el plato, cómo sería después cuando entra en producción la nueva plantación? Y hay que podar y sacar maleza: la chilca me tiene ganado. Me encanta descansar sentado contra el tronco de un olivo y escuchar los tencas, las diucas, los chincoles y chercanes. A veces pasa un kolibri, tingara dicen aquí, movíendose rapidísimo. Intento evocar los momentos de la pesca espectacular de la mañana, el olor de la playa con huiro varado, el cadáver de un lobo marino en la arena descubierto por medio docena de jotes cabeza colorada, el frio del amanecer y la primera corvina que picó. La primera de muchas: cantidad pero no calidad, el más grande no pesó más que 2 kilo. Y me preocupa la ausencia de sardinas. En el huerto me recuerdo de todo, mis viajes, los años flacos y los años gordos, la pesca que hice en muchas partes, el mochileo, los halcones que me conmueven aún más que la pesca. Mis padres en Holanda quienes ya perdieron la esperanza de volver a verme. Me recuerdo el día de la salida de mi patria como si fuera ayer. Así es la memoria. Pero engaña también, distorsiona e imagenes se disfrazan. El tronco me hace doler la espalda, le doy un palmatazo y chao, a la pega de nuevo. Tengo para rato.


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